El Peso del Pecado

La naturaleza improvisa, se adapta, comete errores porque hace pruebas. En ocasiones no son errores en absoluto sino soluciones temporales que luego enfrentarán nuevos desafíos que habrá que resolver con soluciones nuevas. Al igual que las raíces de una planta o las ramas de los árboles, a veces incluso el tronco mismo, no crecen rectos sino que buscan el camino de menor resistencia y mayor beneficio también la naturaleza haya la solución más efectiva de entre las que menos cuestan en el momento, y deja para luego el siguiente giro, sin anticiparlo. Es por esto que en el ser humano, debido a un desarrollo cultural y tecnológico más veloz que su evolución natural, surge un desacople evolutivo, una diferencia entre sus capacidades y las necesidades y circunstancias que enfrenta. Y en el seno de este desajuste nace una de las tecnologías de control social más efectiva y mejor orientada, si bien muy malinterpretada, para responderle: el pecado. 

Es normal considerar el pecado negativamente pero su función era la de controlar conductas perjudiciales pero connaturales al ser humano. Sin embargo, pese a su buena intención inicial la voluntad de dominación de la humanidad sobre sí misma lo penalizó y convirtió en muestra de indignidad y falta de valor, de una suerte de mérito inherente de sufrimiento que sólo quien manifiesta debe tratar. En el seno mismo del período histórico humano del ego se aísla a quienes lo cometen para proteger al resto de los individuos mediante el juicio moral y, en algunos casos, penal.

Pero el pecado, aunque una buena tecnología de diagnóstico es muy mala herramienta de tratamiento, y lo será mientras la sociedad no comprenda que cuando uno peca lo hacen todos, que el peso del pecado ajeno es una carga propia (como toda carga humana debería ser, compartida) y que mientras no pueda solucionar mediante tecnologías más avanzadas el desajuste evolutivo la tecnología del pecado es una buena herramienta a la que se le ha dado, sin embargo, un muy mal uso.

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