El Florecimiento de las Sociedades
La sensibilidad de procesamiento sensorial es, grossomodo, la cantidad de filtrado que un sistema nervioso aplica sobre la realidad que percibe. Ésta puede variar entre individuos de una misma especie y se ha encontrado en más de 100 especies del mundo animal incluyendo al ser humano. Con independencia de la especie se encuentran individuos con sensibilidad más alta en un porcentaje en torno al 15% hasta el 20% debido a que esa cantidad permite el adecuado desarrollo del grupo. En el caso del ser humano sus rasgos reconocibles son 4 y sus iniciales forman el acrónimo D.O.E.S. en inglés, que sirve de nemotecnia para recordarlos:
Depth of Thinking (Profundidad de pensamiento). Estudio más profundo de toda información recién incorporada.
Overstimulation (Sobreestimulación). Facilidad de saturación debido a la cantidad e intensidad de estímulos sensibles.
Empathy (Empatía). Elevada activación de neuronas espejo que implica una alta comprensión de la realidad emocional ajena.
Subtlety awareness (Conciencia de lo sutil). Capacidad de detectar sutilezas y cambios generalmente ignorados.
Aunque estos rasgos no son necesariamente mejores que la alternativa de la baja sensibilidad, de hecho la naturaleza mantiene un porcentaje menor de individuos sensibles, sí tienen una utilidad clara en las sociedades de los animales en que se encuentran: permitir reconocer beneficios antes de pasarlos por alto y prejuicios antes de que se conviertan en un gran problema. Al igual que el canario que los mineros llevaban a las excavaciones debido a la sensibilidad superior de su sistema respiratorio que permitía detectar gases mortales a tiempo o que ciertos organismos en charcas y lagos, en concreto aquellos que son los primeros en desaparecer cuando en estas masas de agua aumenta la toxicidad, así la población altamente sensible y su estado sirven como biomarcadores que permiten conocer la salubridad de elementos, entornos y contextos que la humanidad crea, habita y fomenta.
En la literatura científica a veces se clasifica a los individuos con una sensibilidad alta como “Orquídeas”, pues en contextos estresantes o adversos apenas “florecen” pero en unos más adecuados y sanos lo hacen más que los demás, y a los que tienen una sensibilidad más baja como “Dientes de león”, pues se desarrollan de forma más o menos independiente del entorno en igual medida. En las sociedades animales los “Dientes de león” toman en consideración las respuestas al entorno de las “Orquídeas” con cierta independencia de la posición que los individuos concretos ocupen en sus jerarquías puesto que reconocen que lo que altera a éstas antes acabaría resultando igualmente perjudicial para aquellos después. En la especie humana, sin embargo, se ha sustituido la sensibilidad del ser por la métrica, sobre todo desde la aparición de la industria, donde lo necesario era una masa de gente que aguantara condiciones altamente estresantes y estimulantes; confundiendo la capacidad de reconocer y reaccionar al peligro con el conocimiento de valores objetivos sobre realidades arbitrarias que no tienen por qué permitir conocer un perjuicio hasta que éste tenga lugar y se pueda relacionar con unos datos concretos. Al igual que ocurre con las flores que les dan nombre a aquellos individuos con una sensibilidad baja, los dientes de león, las carreteras asfaltadas y ruidosas y la contaminación del aire circundante no impiden su crecimiento convirtiéndose en su nuevo sustrato. Las orquídeas, sin embargo, no tienen esa suerte y se marchitan, si acaso florecieran, si no se las ponga en un entorno específico, o no se destruya la biosfera que habitaban en primer lugar. El problema actual es que la humanidad, alentada por sus nuevos modelos de producción y consumo, por su acelerado desarrollo tecnológico y por su obcecación en relegar la tarea sensible a dispositivos y organizar mediciones del entorno ha premiado significativamente a los “Dientes de león” y ha dejado de lado a las “Orquídeas” forzándolas a adaptarse a entornos destructivos para su naturaleza o excluyéndolas. Pero el sistema actual, que agota los cuerpos y mentes de las personas que lo habilitan y las vacían de sentido, está mostrando ya su inviabilidad en el ámbito ecológico, médico y psiquiátrico, incluso en el económico, y los damnificados no son ya aquellos con una más alta sensibilidad mayormente; cuando ignoras al canario el siguiente en enfermar es el minero. Si quiera la humanidad recuperar la capacidad de adaptarse al entorno y de construir un entorno social sano y duradero habría de recordar que el florecimiento de las sociedades no se logra ignorando la calidad del sustrato de las flores que las forman y que, desde el árbol más grande a la flor más pequeña y delicada, la diversidad de la flora no es un problema sino la condición de equilibrio y subsistencia de toda la biosfera en que se encuentra.
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