Proletriarcado
Actualmente hay una crisis entre hombres y mujeres, generalmente considerada como crisis de masculinidad y feminidad, que deriva de un ejercicio feminista previo mal estructurado y cooptado por el sistema socioeconómicocultural importante en el momento de realizarlo. Este ejercicio buscó la liberación de la mujer del yugo del hombre permitiéndole liberarse sexual, económica y performativamente y sus logros han sido ampliamente loados y aplaudidos, sin embargo, erró en dos aspectos clave que actualmente han derivado en estas crisis: midió la liberación femenina por el estándar masculino entonces existente, ratificándolo involuntariamente, y olvidó que un movimiento que ajustaba el poder y la narrativa de los géneros sin desarticularlos sigue necesitando de ambos y de que ambos tengan una narrativa sólida, sostenible y coherente con la del otro. Vemos actualmente el auge de conductas pro patriarcales en ambos géneros (nada tiene que ver si consideremos la hegemonía contemporánea como patriarcal para juzgar la naturaleza de estas derivas sociales) como la aparición de modelos femeninos tradicionales sumisos y ajenos al mercado y masculinos menos responsabilizados afectivamente y más centrados en actuar como proveedores físicos a cambio de una adoración exclusiva de su figura y una responsabilización sexual para con ellos por parte de las mujeres. Es interesante ver como ambos regresan a modelos de conducta social pasados pero más interesante resulta ver desde dónde regresan. El ejercicio feminista liberó a la mujer parcialmente garantizándole el acceso a espacios tradicionalmente masculinos y contuvo las narrativas y actitudes masculinas consideradas opresoras y perjudiciales pero esto no generó un nuevo equilibrio de géneros más deseable sino un doble desencanto asimétrico: las mujeres ahora debían ser (según la clasificación tradicional de la que venían) hombres sin dejar de ser mujeres y los hombres ya no podían ser lo uno pero no encontraban cómo ser lo otro ya que se había puesto el foco en cómo no ser más que en cómo sí. El trasvase de narrativas que ignoró la dimensión masculina a la par que se medía por ella fue equivalente a pasar el líquido de un vaso o otro cuando ambos estaban por la mitad, dejando uno rebasado y otro vacío. La regresión al pasado en el ámbito de géneros no va necesariamente de la mano de una nostalgia o un rechazo a toda forma de cultura moderna sino que busca el equilibrio perdido, incluso si ese equilibrio tenga sus problemas, porque era coherente con la coexistencia de ambos en complemento según las narrativas que los determinaban entonces, algo que hoy no ocurre y que por eso genera más conflictos con el género propio, en tanto molde incómodo y menos con el ajeno, en tanto vecino insoportable. El mercado necesitaba entonces integrar a la mujer en lo que era el hombre sin dejar escapar a éste a lo que era la mujer y sin importar si esto generaba una asimetría insostenible y hoy estamos viendo sus efectos. Surgió así lo que podríamos llamar el proletriarcado, una clase que no es sólo la suma de proletariado y patriarcado sino la imbricación de ambos, idénticamente oprimido por el entorno socioeconómico y por el cultural y sexual, común a ambos sexos y géneros.
En medio de este caos, y fruto de la todavía flexible situación de los géneros, como un hierro que todavía permanece caliente y por lo tanto es trabajable; también apreciamos un incremento de terceros géneros que buscan crear su propia narrativa y abrir su espacio en el mundo contemporáneo pero muchas veces cometen el error de integrarse en lugar de negar los preexistentes y eso genera una fricción que bien puede explicar el rechazo a los mismos más allá de su característica novedad. La solución a las guerras de género puede que encuentre su máxima realización en la desintegración de los mismos pero ésta requiere de ir disminuyendo la fricción y el conflicto entre ellos mediante la distribución de roles y características definitorias de los mismos hasta que la humanidad concluya que, más allá de la insalvable diferencia de sexo, no necesita el género como rasgo identitario y administrativo. Volviendo al ejemplo de los vasos y los líquidos se puede comprender que ir vertiendo parte del contenido de cada vaso en el otro de forma alternativa y reiterada permitiría la mezcla de ambos líquidos sin alterar apenas la cantidad del contenido total de cada vaso y, más importante, sin crear una gran diferencia en el contenido entre vasos. Igualmente, ir ampliando el significado efectivo (roles, narrativas, expectativas y ámbitos de actuación) de cada género llevaría de forma más efectiva a su disolución en un común no definido por la etiqueta del género como dos ríos paralelos que, al ir ampliando sendos cauces, pasarían a integrar uno nuevo y más amplio pero cuyas aguas ya no se puedan diferenciar en base a lo que las identificaba antes de aunarse.
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