Emprendimiento y Desprendimiento
Actualmente existe una moda de rechazo al trabajo asalariado y de búsqueda de autonomía laboral, una alabanza a la cultura del emprendimiento. El rechazo a unas condiciones laborales impuestas por terceros, a la extracción de capital del fruto del trabajo propio y una búsqueda de la posibilidad de emanciparse de un contexto que sin duda recuerda a aquel en el que surgieron los conceptos de burguesía y proletariado. La noción de “ser tu propio jefe” está ampliamente extendida hoy en día y se ve como algo enormemente deseable pero encierra un peligro y conlleva una ignorancia de las condiciones que mantienen a la población general empobrecida. El peligro ha sido ya advertido en buena medida por filósofos pero también por sociólogos, e incluso indirectamente por médicos; el peligro de que ser tu propio jefe no te libre de tener uno sino que te imponga la carga de ser empleado y jefe de sí al mismo tiempo. Esto puede conllevar una gran carga laboral y personal para quien se ve inmerso en este pluriempleo sin remuneración extra que lleva la esencia de la autoexplotación al siguiente nivel bajo las premisas de realización personal y autonomía laboral. En este sentido parece que el individuo es solamente autónomo en tanto que asume él toda la responsabilidad laboral y cae en una individualidad atómica que dificulta la colectividad proletaria. La ignorancia, mucho más peligrosa, es acerca de la supuesta superación de la condición de proletariado que cree innecesaria esa colectividad sólo porque ahora él lleva su propia correa. En el momento del surgimiento de estos conceptos ciertamente el problema era la explotación por parte de la persona para quien trabajabas, quien te ofrecía un puesto de trabajo, elemento que sí desaparece en el emprendimiento autonomista; ahora la explotación viene por parte de la persona por quien trabajas, aquella que te ofrece una razón de trabajo, bienes y servicios por los que pagar que justifican la acción laboral. Las leyes sobre el trabajo controlaron la entrada de capital y de esfuerzo retribuible (salarios mínimos, jornadas máximas, vacaciones obligatorias…) pero no actuaron sobre la salida del mismo, considerando que esas cuestiones eran ajenas al trabajo porque dependían exclusivamente de los intereses, libres, del individuo como consumidor (precios de las viviendas no regulados, necesidades básicas no cubiertas, obligatoriedad de participar de ciertas dinámicas, como tener una cuenta bancaria o conexión a internet o línea telefónica…). Sin embargo esto no lo hace menos propietario, muchas de estas necesidades son sólo cubribles a un precio que empuja al trabajador a la misma precariedad a que antes le empujaba la imposibilidad de ser propietario de su producto; por lo tanto ahora tampoco lo es aunque su trabajo productivo sí esté en sus manos. Es esa ignorancia la que hace ver la actividad laboral autónoma como emancipadora cuando no se libra del yugo del capital que es, en última instancia, lo que define la condición de proletario.
La auténtica emancipación no viene del emprendimiento sino del desprendimiento. La sociedad del capitalismo tardío debe desprenderse de la lógica productivista y de la actitud excesivamente consumista así como debe desprender las necesidades básicas del mercado si desea una superación real de la naturaleza burguesa que la oprime.
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