La Valoración de la Mediocridad y la Mediocridad de la Valoración

 Mediocrizar la valoración significa dejarla a medio camino de su función actual (algo así como tener una idea borrosa del objeto de valoración), significa valorar sólo hasta cierto punto, conferir a la crítica sólo la mitad de la importancia. En cierto sentido sería semi-valorar pues no todo el valor se le daría fruto de la valoración. A efectos más amplios significa no vivir el ocio como una labor sino de forma más natural, más quieta y pacífica, más cercana a la concepción original del término (Otium, en latín, significa tiempo de retiro dedicado a actividades espirituales, intelectuales o recreativas, en oposición a Negotium, de donde deriva la palabra negocio). A efectos más concretos la mediocrización de la valoración, ésta como ejercicio de catalogación, dejaría a la Red Neuronal por Defecto libre de la intromisión [literalmente aberrante] de la Red Orientada a Tareas, es decir: crear por crear, experimentar por el placer de hacerlo, pensar porque sí sin el peso de una métrica de éxito, valor o idoneidad sobre el acto. Mediocrizar la valoración jamás significaría dejar de valorar o pasar a hacerlo de acuerdo a criterios aleatorios o desconectados con la realidad, significa quedarse a medio camino entre establecer un valor y atribuir dicho valor a algo, implica atribuirle sólo parte de la carga de esa valoración y dejarlo estar invalorado por otra.

Valorar la mediocridad significa aceptar, pero no con resignación, que la realidad imperfecta es real y es útil igualmente, es buena e incluso necesaria pues no existe la perfección sin la imperfección. Es un ejercicio que devuelve a la perfección su sentido original (el mismo que el de una utopía, no es un destino sino un rumbo, un punto en una brújula, nunca llegas al norte pero te resulta útil saber dónde está) y es una práctica que disminuye la mencionada intromisión de unas redes neuronales en otras (una especie de interferencia en su trabajo puesto que son alternativas, no simultáneas), en este caso la intromisión de la Red Neuronal por Defecto, en la manifestación de la Red Orientada a Tareas, esto es: hacer por hacer, por la voluntad de hacerlo y por gusto a ello, sin la valoración constante de si esta acción está dentro de los moldes y cánones más rígidos y rigurosos de los estándares de creación actuales. Esto no implicaría hacerlo mal pues más lleva a ello la quemazón de la exigencia exacerbada que la falta de la misma, pudiendo aún tener armazones o moldes de valoración pero mucho más flexibles y holgados.

Ambas acciones se compenetran pero, al igual que ocurre con las redes neuronales, hay que separar bien ambas, sabiendo a qué atienden y para qué sirven. La sociedad actual es meritocrática y orgullosa de ello (como es necesario que ocurra en la meritocracia, por otra parte) y necesita que la valoración sea precisa y perfecta, saber exactamente todo, contarlo todo y medirlo todo: pasos, calorías, tamaños, precios, capacidades, cantidades y potencial. Se perfecciona así la etiqueta para ser lo más adecuada, informativa y rigurosa posible; incluso lo más presente también pues valorado es sinónimo de bueno cuando debería serlo de opinado, tanto como criticado lo es en igualforma. Es normal pues que durante la celebración del ocio la forma de la tarea permee tal que disfrutar sea un deber y hacerlo más que otros (o al menos más de lo que se imagina que se habría hecho sin la optimización de dicho ocio) un orgullo; todo se torna así competición contra los demás y, en última instancia, contra el fantasma de nosotros mismos optimizados. El descanso, la creación, en tanto acto de creatividad; la meditación, el debate filosófico o el disfrute sufren de miedo, el miedo a la imperfección, a la mediocridad. Se acepta menos y se rechaza más (se puede no aceptar pero no necesariamente rechazar oponiendo resistencia pero admitiendo lo resistido) la experiencia, la obra, y muestra de mediocridad, se vuelve la valoración un acto neurótico en una especie de rebeldía a la naturaleza, menos perfecta a nuestro criterio (aunque más al suyo) de las cosas reales.

La otra vertiente del asunto es más de lo mismo: se valora sólo la perfección como estándar en la obra realizada, debe cumplir con todo, debe ser lo más capaz, todoterreno y multidisciplinar posible. Se perfecciona la obra para que no resulte fricativa, que sea suave a la vista (o al sentido que corresponda), que sea buena, que sea deliciosa, que sea eficiente (ya no sólo eficaz), que sea llamativa a la vez que original (tanto en el sentido de que origina algo como en el de que vuelve a los orígenes, si los tenga; incluso en ambos sentidos si sea posible, aunque sospecho que sólo podría gracias a unas cabriolas mentales de campeonato por parte del consumidor) y que sea fiable y, cuando corresponda, barata yduradera. Esto lleva a que, al igual que pasaba con la tarea sobre la idea, la valoración penetre en los actos laborales de forma rotunda y casi inseparable, llevando a que incluso lo inacabado ya pueda ser tachado de espanto, aberración y desastre. Haciendo que ninguna obra sea suficientemente buena y, como resultado inevitable de esto, que todas lo sean, que sean una saturación a los sentidos y aún así se clasifiquen de insulsas e insignificantes, no con arreglo a sí sino de acuerdo a la imagen espectral de las mismas, generada por el ordenador de la mente,falsa pero adecuada e incluso deseable como una hamburguesa hecha de plástico y editada con un programa de imagen computerizada. Se pierde pues elrespeto por la obra real al tiempo que, incluso, en un giro quizá sorprendente de los acontecimientos, aunque no extraño, se reduce la calidad de las obras y productos mismos, pues la verdadera esencia de ellos es ahora informática, es pensable más que experimentable, es social más que personal, pertenece a todos y por eso no te pertenece a ti, ni a nadie en concreto. La etiquetación social que se cuela en la obra de forma tan intensa que incluso se crea activamente una cultura de la medición y la valoración de cosas intransmisibles (como pasa con los vídeos de gente probando comida y dándote su opinión y “motivos” de por qué sus etiquetas están bien puestas) es más significativa ya que la obra misma, única en la que realmente puede haber una importancia real(una importancia de su realidad en cuanto hecho manifiesto y aunque no necesariamente objetivo sí insubjetivo pues no requiere del sujeto para ser como, en cambio, sí lo hace la etiqueta. Estos hechos y apreciaciones que traigo no las traigo porque sí, nacen de la saturación de una Red Neuronal de Saliencia (la que alterna entre la expresión de las dos mencionadas previamente como un conmutador) que no sabe ya cuando está comiendo algo rico y cuando está pensando algo grandioso porque ambas realidades (la mental y la experiencial, la ejecutiva

y la meditativa) están superpuestas y se acechan la una a la otra con voluntad predatoria. A estos problemas existen proyectos de medidas que vienen a solucionarlos pero adolecen más de lo que me gusta pensar de caer en lo que van a reformar. La jornada laboral de cuatro días, por ejemplo, es adaptada y aplaudida, aceptada como novedosa, pero igualmente susceptible de caer en los mismos vicios de lo que huye. Así se aplaude no como oda al descanso, adaptación a la sociedad real del cansancio de Byung-Chul Han, sino como herramienta antimediocridad. Se etiqueta como solución sólo en tanto es más perfecta que la alternativa, no por ser también, en el sentido aquí manifestado, más mediocre. Su fragilidad no se debe a las leyes que la puedan impulsar sino a los valores de que nace y de que hace gala. Es más sana, sí, en el sentido de que atenta menos contra los ritmos humanos, pero es más insalubre también, en el sentido de que alude a la cercanía a la perfección dicha salud; contradicción que podría pasarle factura hasta a la más maravillosa panacea. La meditación en las corporaciones, el énfasis en salud mediante el ejercicio y la buena nutrición y las dinámicas sociales no tóxicas son otros ejemplos de “ parches de nicotina” sociales para sus respectivos problemas pero que cargan en sus diferentes ámbitos de actuación con el problema de la base en la que nacen, a saber, el repudio a la mediocridad de la valoración y la valoración de la mediocridad.

Algunas estrategias fruto de estos problemas los podemos ver en las obras que se crean hoy: los videojuegos gacha son un ejemplo de este problema pues importa más la valoración, a veces inconsciente, un verdadero atentado contra los neuroderechos humanos, de los mismos que su contenido, que su “videojugabilidad” y otros que no son tan directamente casinos empiezan a beber de esta tendencia a la perfección de la ganancia sin esfuerzo, la ganancia perfecta, de las ruletas y las tragaperras, también presentes en las loterías, por ejemplo. También así nacen actitudes que retroalimentan estas medidas, como por ejemplo la expectativa (rallando la exigencia) de la instrucción, muestra de un miedo neurótico y patológico a la mediocridad de la experiencia media, o el aplauso a la victoria perfecta y sólo a la perfecta, la inmaculación de los éxitos es lo que los empieza y termina de definir como éxitos en la época actual. También en las valoraciones y el etiquetado vemos este miedo a lo natural: la gamificación de las tareas que eran un juego o una recompensa en sí mismas, la necesidad de una recompensa que valide la recompensa, pues ya no es una sin la otra, y peor, una recompensa puede dejar de serlo si no es recompensada o valorada como tal. Esto son muestras de cómo la finalización positiva de la labor sale de ésta para esperar en un limbo a ser así calificada. Los problemas de esto no son sólo tan abstractos como dinámicas de mercado o sociales disfuncionales (si alguien tenga el ridículo valor de llamar abstractos a los cimientos del comportamiento y las sociedades) sino que se ven en la concreta experiencia individual de la salud mental y de la realidad laboral. Las depresiones, el burnout laboral, el burnout existencial (menos considerado pero igualmente importante) y las actitudes tóxicas (también la propia consideración de las mismas como tal), la individualización de la salud mental o la distancia social (semejante a la que había que dejar en plena pandemia de coronavirus) con los pacientes en recuperación (en un sentido más amplio que el de aquellos reconocidos institucionalmente) pson muestras del culto a la perfección pero sobretodo delrechazo que conlleva a la mediocridad y su valoración. El auge de las etiquetas (incluso de las autoimpuestas cuando el acto de etiquetado siempre era deber del que se exponía a la oferta, no del que ofertaba) derrota por los mismos caminos y es sólo otra muestra de cómo se perfecciona la aceptación social y la pertenencia al grupo. Las redes sociales son un ejemplo (en ocasiones hiperbolizado porque ya incluyen en sus plataformas diseños que exageran esta realidad) de la gamificación de estos instintos sociales connaturales al ser humano. El tratamiento de los animales de compañía, aunque no lo parezca a primera vista, como complementos del ser al que supuestamente hacen compañía, es una muestra de la valoración perfeccionista ydel auge de un criterio meritocrático también (ya apenas ellas se libran de un utilitarismo aunque no lo entiendan o no lo vivan en su experiencia social directa) y tiene tanto que ver con la desconexión humana real como con la sensación de reificación y falta de dignidad de nuestros semejantes en especie. La muestra de reconexión con la naturaleza, con la tontería (en el caso de la búsqueda de dispositivos “tontos” como los relojes analógicos o los móviles que sólo llaman o mandan mensajes de texto), y con la artesanía muestra el cansancio acumulado de esta carrera, la gravedad que se impone a este despegue abrupto pero a menudo los motivos encontrados para reforzar estas conductas son motivos cargados de idolatría a la perfección en tanto que imperfecta, no hay aún una conexión real con la mediocridad y eso les puede pasar factura.

Todos estos problemas no se curan optimizando el sistema sino desoptimizándolo.Volviéndolo mediocre se sanea esta fantasía de absolutismo y potencialidad que vive en una realidad paralela.

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