La Manutención de la Moral
Las ciencias naturales cada vez desmontan más la noción clásica de libre albedrío, de agencia del individuo aislada del mundo en que vive, y, de forma aparentemente contraria pero ciertamente complementaria, el juicio moral se ha multiplicado. La moral necesita de la dualidad (del bien y del mal, de lo bello y de lo feo, de lo fuerte y de lo débil) para sustentarse y al ir cayendo los fundamentos que explicaban estas diferencias desde el fuero interno del individuo, o incluso al propio individuo como algo distinto de una realidad emergente de su contexto, la moral se ha hipertrofia por la dificultad de encontrar un sustituto satisfactorio que sea conjugable con la necesidad de individuación contemporánea, que sin duda se apoya en el binarismo crítico y de juicio para explicarse y justificarse.
Desde esta perspectiva encuentro en estos coletazos y espasmos moralizantes la inminencia de la muerte de la moral misma. Por supuesto no ha muerto aún y se resiste a hacerlo mientras sea necesaria pero, como alguien que sólo respira ya gracias al soporte vital de que puede proveer la medicina moderna, en la actualidad, y quizá en el futuro cercano, nos encontramos en una fase de manutención de la moral. Ya no es capaz de mantenerse a sí misma y lucha por ganar una coherencia con el entorno y la conclusión científica sobre el comportamiento del individuo, que se contempla más como fruto y, a la vez, componente de una red causal que como una realidad “ex nihilo” o “causa sui”, reclamando su vieja gloria y recordando el que una vez fue su trono como base del juicio interpersonal.
Pero así como dar una “buena muerte” se nombra eutanasia quiero dirigir la atención al concepto, opuesto, de distanasia. No se trata de una mala muerte en tanto muerte sino de una mala muerte en tanto vida, cuando ya no debería haberla; es mantener vivo lo que ya murió o debería haberlo hecho. En este sentido el juicio de valor, máxima práctica moral, debe ser reducido poco a poco para permitirle una muerte digna ahora que ya no tiene caso que siga viva. Esto significa también permitirnos a nosotros mismos aprender a vivir sin ella, más allá de sí, facilitando la transición a un modelo que la sustituya y a una visión no dual del mundo que se ajuste a la trascendencia del ego pues la moral es, en cierto modo, la expresión del ego mismo.
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