El Límite es el Suelo
Desde que Reagan y Thatcher asentaron la estructura del realismo capitalista, como diría Mark Fisher, la realidad política ha sufrido una transformación poco percibida debido a la obsolescencia de su terminología. Términos como izquierda o derecha son realistas cuando se refieren a cambiar un sistema o a mantenerlo, como respecto al feudalismo en la Revolución Francesa, exactamente donde nacieron, pero a día de hoy son términos imprecisos que se mantendrían sobre un falso dilema si no se comprendan adecuadamente. El centro en el espectro político se ha considerado “tibio”, “insulso” o incluso “cobarde” pero no olvidemos que es imposible un centro cuando realmente los lados no forman parte de un continuo y sus diferencias son inconciliables, por eso, el propio nacimiento de gradientes de izquierda y de derecha, así como puntos semi-medios como el centro-izquierda/centro-derecha, camuflan una realidad que es evidente pero se pierde en discusiones mal orientadas.
Si bien sí sean terminológicamente imprecisos atendiendo a su origen histórico tendrían un nuevo significado, uno que en cierto modo ya subyacería en su nacimiento y que habríamos entendido desde entonces incluso aún si la imprecisión terminológica nos hubiera podido confundir. El espectro político, con sus extremos incluidos, habla de dónde se encuentra el poder: en las mínimas o en las máximas manos. Esto permite explicar mejor los extremos: por qué el fascismo se asocia con la derecha y el comunismo con la izquierda. Una concentración mayor de poder es históricamente equivalente a la postura de los defensores del feudalismo en la derecha original y una dilución del mismo equivale al espíritu izquierdista en la raíz del término. Esto ayuda a entender por qué el comunismo se ha nombrado como izquierda aunque se declare ajeno al resto de sistemas y por qué el fascismo está a la derecha y se puede oponer ideológicamente más al comunismo que un sistema capitalista aunque la lógica del capital también pueda habitarlo. Sin embargo ese espectro, convertido de binomio a gradiente, sí da la sensación de que los extremos son malos y todo lo intermedio es lo único aceptable y resulta curioso ver cómo lo intermedio es totalmente capitalista de una u otra forma. Esto mantiene la perspectiva de que ninguna otra forma de configuración social es posible, algo que sólo es cierto en parte, entre comillas.
Habría que contemplar el eje temporal a la hora de estudiar las transformaciones del espectro político, pudiendo ahora nombrarlo más allá de sus orígenes sin caer en contradicción, para estudiar la progresión humana y así comprender el siguiente paso en el desarrollo político de la misma.
También vale la pena aclarar que el sistema actual comete un error de base: la ley de la oferta y la demanda crudas. Esta ley, que si bien puede ser una ley del mercado no es una ley de la física, es la base del sistema capitalista pero contiene un error en su estructura: su crudeza. La realidad es que los bienes y servicios de primera necesidad y (lo que yo he dado en llamar) los deseos y caprichos de recurso último, esto es, la mínima oferta indispensable y la máxima demanda tolerable; demuestran que la ley está incompleta. La existencia de estos conceptos se debe a una realidad que, cuando más, cuando menos, se ha ignorado desde el asentamiento del sistema que en ella se basa: la existencia de una demanda mínima y de una oferta máxima. La naturaleza impone sus condiciones y no son negociables, la ecología y la biología humana (incluyendo la salud, la educación y todo lo que atañe a la humanidad) establecen asíntotas claras. El límite es el suelo. Todo esto puede no parecer tener que ver con lo que comentaba sobre la obsolescencia de los términos políticos pero es justo al revés, la izquierda que no es izquierda y la derecha que no es derecha, así como los puntos medios y los grados de ambos lados, son fruto y prueba de que la política ha sido desplazada por completo por el ejercicio económico. También el auge neurótico de la métrica, con la auditorías, las investigaciones y los estudios, el nacimiento de nuevos institutos políticos internacionales, la estandarización y masificación de la burocracia, etc; sirven de biomarcador de la naturaleza de la política actual y su fusión casi absoluta con el mercado. El problema es que la ley en la que se basa el mercado, y que por lo tanto rige la política, está incompleta (aunque teorías actuales que se presentan como alternativas, como la teoría de la economía donut ya apuntan este hecho) al no considerar los límites. Esto no sólo atenta contra el mercado sino contra la sociedad que supuestamente regula y al tiempo lo regula a él. Las políticas de ambos “lados” buscan arreglar esto sin destruir su base fundacional pero ninguna atenta contra ello. La neoizquierda y la neoderecha no son mutuamente excluyentes sino tan complementarias como la sístole y la diástole para el funcionamiento de un corazón sano. Curiosamente (y no tanto) la “izquierda” ha tomado el polo de los extremos del sistema, tanto la ecología del entorno natural como del social encuentran en este “lado” del espectro su catalizador mientras que la “derecha” sirve a fines más orientados al mercado en sí mismo; probablemente porque la izquierda original atentaba contra la ley fundacional del sistema entonces imperante (el feudalismo) y la derecha la defendía (quizá el problema sea interpretar la disolución del poder de forma absoluta y no localizada en función de qué se esté regulando). La ley no estaba mal (o no necesariamente, eso no es lo que juzgo aquí, no estoy entrando en el debate de la viabilidad del sistema) pero sí incompleta. Las medidas que se asocian a la izquierda, como la sanidad y la educación públicas, las medidas ecologistas, incluso la defensa de los neuroderechos para evitar que se dispare el consumo de forma artificial e insana; que presentan políticas criticadas por parecer atentar contra el libre mercado (como la Renta Básica Universal o los Servicios Básicos Universales, las reformas sobre el mercado inmobiliario para crear cooperativas en cesión de uso y similares o las limitaciones a la explotación de recursos naturales y sociales, como la salud de los trabajadores) no son antisistémicas sino todo lo contrario, son complementarias al libre mercado y a las medidas de que se asocian a la actual derecha. El libre mercado no sobrevivirá si no se da cuenta de esto y no empieza a actuar sólo en los márgenes en los que su ley fundamental se cumple de verdad (por eso la teoría económica del donut tiene esa forma toroidal). Y la izquierda y la derecha tampoco serán realmente comprendidas mientras vivan sumergidas o sean estudiadas desde el realismo capitalista sin comprender que las etiquetas que les dan nombre tienen un significado más profundo y crean una sensación de oposición que dificulta lo solidaridad y el apoyo mutuo que el sistema actual necesita para no caer por su propio peso.
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