El Colapso del Colapso
Nuestro sistema ha entendido, quizá por los motivos incorrectos pero lo ha hecho, que la resistencia genera sufrimiento, como valida la psicología actual. Los movimientos de disidencia a menudo son ignorados porque resultan una amenaza insuficiente para la hegemonía del sistema actual y la intervención no sólo es innecesaria sino que se puede volver problemática al alimentar el peso de esos movimientos que son incoherentes con lo establecido. Precisamente quiero enfocar los análisis de evolución de sistemas sociales complejos, como sociedades y civilizaciones, como procesos de trasvase de coherencia fundamental de los mismos y defender con ello la liquidez de los sistemas entendiendo que es algo deseable para los mismos incluso, o especialmente, cuando enfrentan su desaparición. Toda evolución, caída y auge civilizatorio se puede entender como un movimiento de la coherencia del sistema que, cuando se vuelve insoportable, no desaparece, se mueve hacia nuevas narrativas y estructuras, físicas o intelectuales, llenándolas de legitimidad y garantizando una homeostasis ideológica e infraestructural. Esta tendencia al equilibrio sucede, por ejemplo, ante el colapso de una civilización o sistema como el surgimiento de otros en su lugar pero, como en estos casos, puede ser un proceso violento con un tiempo de “curación de la infección o remisión inflamatoria” que se manifiesta en el interregno factual (puede haber teóricamente un nuevo gobierno pero a efectos prácticos no estar asentado o compuesto). También es un ejemplo de equilibrio de la coherencia el auge y su posterior asentamiento o declive: la coherencia del sistema no aumenta durante el auge de éste pero su cénit se alcanza cuando la total coherencia de los sistemas involucrados se encuentra unificada en uno sólo. En ocasiones no hay ningún sistema que se establezca únicamente sobre el resto y eso implica que la coherencia se encuentra distribuida entre varias estructuras independientes y el espacio de fricción donde estas se encuentran. Un sistema puede ser menos compatible con otro pero no porque no sea coherente alguno de los dos sino porque la coherencia total se logra sólo gracias a la elevada aspereza y potencial conflicto o a un “fuerte pegamento”, a menudo un parche que tiene un límite de rendimiento. La idea de rendimientos decrecientes de los parches debido a la hipercomplejidad de sistemas mostraría pues cómo la coherencia se estiraría de un sistema a sus herramientas de mantenimiento, que actuarían como puntos de fuga evitando fluctuaciones que se establezcan eventualmente como nuevos sistemas, vaciando así de coherencia al sistema de origen; cuando el sistema original resulta menos coherente que sus parches acaba por ceder bajo el peso de éstos pero, dado que la coherencia de los mismos bebía directamente del sistema de origen, rara vez estos parches en su conjunto, o de forma independiente aún menos, pueden establecerse como sistemas coherentes en sí mismos, digamos que carecen de autocoherencia o que su coherencia es ajena, prestada, exógena. La liquidez de la que hablé antes sería la fluidez de un sistema, su capacidad de transitarse a sí o sobre sí mismo, comprendiendo e integrando las disidencias, alternativas y variaciones en sí mismo. Es algo que nuestro sistema actual ya hace, como comentaba al principio, para no alimentarlas y evitar que proliferen y es deseable a la alternativa de la gestión represiva y coercitiva, claro, pero quiero ir más allá y argumentar que desde la intención de evitar colapsos y períodos de “coherencia centrífuga o libre” resulta deseable dicha liquidez, caracterizada por la gestión no extintiva de la alternativa al propio sistema.
Un sistema líquido no sólo no alimenta esas fluctuaciones sino que ante alternativas incompatibles o ante su propia extinción por fuga masiva de la coherencia del mismo a éstas esa liquidez garantizará que la transición coherente resulte menos caótica, menos perjudicial y que el nuevo sistema pueda afianzarse más rápido. La tendencia de la coherencia del sistema a fugar una vez éste ya no la puede sostener no es evitable pero enfrentarla puede suponer problemas y molestias, cambios abruptos y rupturas internas que no son deseables. No vengo a decir que todo cambio deba ser bien recibido, de hecho la lucha no coercitiva a la alternativa, la oposición argumental que resulte eficaz, por ejemplo, es una forma de redirigir la coherencia sistémica a su cauce original. Lo que sí digo, sin embargo, es que la resistencia, al igual que en la famosa ecuación del sufrimiento que hoy se estudia en psicología y neurobiología, no garantiza el mantenimiento de coherencia sino que puede, y a menudo ocurre, alimentar su fuga. Si ante una cañería que gotea aumente la presión del agua para obligarla a no salir por la fisura o para mantener el caudal pese a la fuga lo único que haría sería aumentar “la coherencia” de la grieta y acelerar la redirección del agua. Un sistema líquido incluso cuando ha cruzado los límites de su propia coherencia y no puede sostenerse no produce un colapso cataclísmico sino que nutre las alternativas que de forma natural se van alimentando de él de forma no violenta y derivan en transiciones más orgánicas, sanas y pacíficas. Cuando dos o más sistemas coexisten o cuando la coherencia de uno que ya no se sostiene escapa hacia la libertad fuera de él el trasvase de coherencia es una realidad impepinable, su gestión, sin embargo no está predeterminada. Sí es presumible, sin embargo, que un sistema que acostumbraba a taponar las fisuras rompa de forma más violenta que uno que reconectaba el agua que escapaba con la cañería principal pero esto es debido a que la coherencia, como pasaría con el agua, escaparía tanto por un cambio de enfoque del sistema en sí para enfrentar su propia extinción como no enfrentó nada antes como lo haría en caso de que ese sistema se resista a dicha fuga. Cuando no puede fluir el agua por un sitio lo hará por otro, el flujo no se detendrá, e incluso cuando lo haga no lo haría sin consecuencias pues la presión y la erosión de hoy son una previa del flujo del mañana. Resumiendo: la coherencia que no se puede mantener no debe ser retenida a la fuerza y los sistemas más líquidos garantizan transiciones menos abruptas y en las que a menudo no es fácil identificar cuándo, cómo ni por qué se dieron las primeras muestras de ese trasvase de coherencia pero no es tan importante saber las causas de la fuga sino saber cuando soltar. Hay otra gran ventaja que pasa más desapercibida de la liquidez de sistemas: un sistema que está perdiendo coherencia todavía conserva alguna y eso significa que tiene un cierto peso respecto adónde va a ir esa coherencia. Debe cuidarse no obstante, de no intentar oponer la fuga directamente y, en su lugar, entender su inercia y reconocer su límite de operabilidad para que las transiciones sean lo más suaves posibles. La liquidez de todo sistema, ideología o estructura, especialmente en los límites de su coherencia, es una garantía del colapso del colapso.
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