Dos en Uno

 Algunos filósofos y críticos culturales han señalado que en el cambio de la sociedad de control a la sociedad de rendimiento el sentimiento negativo mayoritario también cambió, pasó de la culpa a la vergüenza. También se ha dicho que la incidencia de depresión actual es diferente en causas a la del modelo social anterior: que mientras que la previa surgía de la incapacidad de cumplir la norma, la exigencia exterior, la actual surge de la incapacidad de cumplir con la exigencia del yo, la exigencia interior. Es cierto que la sociedad ha sustituido la norma limitante por la hiperagencia ilimitada y, con ello, ha cambiado de una responsabilidad limitada a una sin límites pero no es cierto que la culpa haya sido sustituida por la vergüenza sino que ha cambiado su foco y por eso ha nacido la vergüenza. Antes el foco de la culpa eran los actos y se podía expiar, orientaba al individuo a responsabilizarse de dichos actos y cambiarlos o resarcir sus consecuencias. Ahora, sin embargo, el foco está en la persona, la única forma de expiarla, o de intentarlo, es responsabilizarse de uno mismo, de cambiarse a sí mismo por otra versión “reinventada” que sí sea suficiente. La incidencia de depresión actual, la fatiga de ser uno mismo, es fruto de sostenerse a sí mismo siempre culpable de no ser otro, de no ser diferente, de no ser mejor. La vergüenza es la manifestación de una culpa dirigida a la propia esencia del individuo, a unos actos que se consideran imbricados a la forma del yo tal que para cambiarlos tenga que cambiarse ese yo. Este matiz no es sólo terminológico sino que muestra algo que normalmente se pasa por alto cuando se cree que ya no hay culpa en el individuo colapsado por la norma moral de su contexto: la culpa sigue existiendo y con ella la responsabilidad de cambio. Si tan sólo hubiera vergüenza se podría escapar de ella cambiando de contexto social cercano, si tan sólo fuera culpa por los actos no tendría sentido esa fatiga de sí que ocurre en la depresión actualmente. No, la responsabilidad no ha desaparecido pero ahora además no puede superarse, no puede completarse, no halla alivio. El individuo es responsable de sí (hiperresponsable, incluso) y por eso sucede ese apagón biológico, por eso se da la quemazón (el burnout) existencial; es la responsabilidad de un cambio constante y un crecimiento indefinido lo que agota a la persona que, además, debe ser él mismo, signifique lo que signifique eso, a tiempo completo y de forma individual. No es de extrañar pues que no haya tiempo o energía para la sociedad, para la política o para la parentalidad cuando uno tiene que lidiar indefinidamente con una suerte de hijo que nunca está completo y nunca está satisfecho y que se percibe como una carga constante e inevitable que le acompañará toda la vida. El proyecto personal, la marca propia, nunca deja de ser y nunca cesa de necesitar actualización por lo que la persona se cansa de actuar, de habitar su cuerpo, de autoreferenciarse para hacer autocrítica (de ahí que la depresión se entienda como una hipercompetitividad de la Red Neuronal por Defecto que además se ha rigidizado, como un programa que el cerebro sabe que no debe desinstalar [también se rigidiza porque el cuerpo ya no puede actualizarse, el cerebro está agotado de ejercer su plasticidad por unidad de tiempo]), de disfrutar (que ahora también es un imperativo social) y de cargar consigo mismo a cuestas. Se cansa de vivir para sí en lugar de vivir por sí. Es así normal que el dopaje de mantenimiento (el consumo de drogas o sustancias para mantener el tipo en el día a día) sea considerado incluso como deseable o parte de la identidad propia en el mundo contemporáneo. No resulta extraño tampoco que el estoicismo o la idea de acallar al ego resulten populares hoy día (libres, eso sí, de la carga de deber social que un ser hastiado no puede sostener), para poder seguir funcionando la persona debe morir a la mitad, debe dejar de ser una voz en su propia cabeza y unos hombros sobre sus hombros, ya sea matando las pasiones y encontrando la “apatheia” (su significado no es el de apatía en un sentido moderno pero su cercanía fonética no es casual como tampoco lo es que sea uno de los síntomas principales de la depresión de cualquier tipo) o matando al ego (al yo) para poder, por fin, ser uno en sí y no dos en uno. Es la más pura manifestación de agotamiento existencial: vivir dos vidas en una.

Normalmente me gusta incluir una solución a lo que analizo pero creo que en este caso lo mejor que puedo recomendar es consuelo en las filosofías clásicas, de la era axial o cercanas, y comprensión de que, si el agotamiento existencial lo permita, sin cambio de discurso moral rector de la sociedad y sin cambios en el entorno material que evidencien la variación discursiva no habrá paz para el alma que habite un cuerpo que tenga que compartir.

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