Docere Aude
El credencialismo y el utilitarismo han hecho daño a todas las áreas de estudio, sin duda, pero a ninguna tanto como a la filosofía. La filosofía no es una ciencia pero guarda estrecha relación con ellas, se la ha llamado “madre de todas las ciencias” y aunque creo que la gente suele huir de esta definición porque parece dar a entender que una vez hechos los hijos e independizados éstos ya no es necesaria creo que la validez de esa calificación se encuentra en que no sólo pare ciencias sino que, como una madre, cuida las relaciones entre ellas, les avisa de sus errores con un carácter constructivo y siempre puede gestar otras nuevas. Una ciencia es un estudio ordenado pero la filosofía es un estudio ordenante, un ejercicio autológico de la razón. Por esto mismo ha tenido tantos problemas al intentar huir del utilitarismo: una parte se ha supeditado, subyugado incluso, a su carácter estructurador y exigente de métricas y credenciales mientras que otra se ha puesto a salvo declarándose inútil de una forma estetizada. Ser una suerte de teología secular no es sino una contradicción que encierra la ponzoña de la inutilización que fue, y sigue siendo, madre de todo lo útil. Pero en tanto madre (en el más amplio sentido del término) no puede regirse por las reglas de los hijos, ni tampoco debería. El valor de la filosofía es el de emplear la razón y quién la ha empleado y ha aprendido a hacerlo mejor, o eso cree, puede y debe hacer que su ejercicio estimule las mentes ajenas. Ningún área de estudio debería cometer el error de aislar a la gente mediante credenciales y notas rígidas pero ninguna debería hacerlo menos que la propia filosofía. Antes un filósofo podía ser cualquiera que usara la cabeza sin miedo a equivocarse, ahora sólo un titulado lo es. Pero cabe la pena recordar que el su máximo potencial, en un sentido no necesariamente mercantil, se alcanza en el mundo llano. Filosofar es filosofar de verdad cuando no se preocupa por serlo o por si tenga un aval. La diferencia entre un todólogo y un filósofo es más estrecha de lo que a la academia le gustaría reconocer porque tanto los todólogos como los académicos que dirían no serlo actúan desde el ego y no desde el amor al conocimiento y al uso de la razón, un uso que no necesita ser reconocido, utilizado ni acreditado, en su mayor parte autotélico, pero, sin embargo de todo lo anterior, absolutamente útil y beneficioso. Es por esto que los profesores de filosofía, así como cualquiera que tenga nociones o pensamientos propios debería eliminar su ego de la ecuación y, con ello, el miedo a la puesta en común, muy diferente de la oposición. El Sapere Aude kantiano ya no es el problema, el Docere Aude lo es ahora. Atreverse a enseñar, recordando que instruir implica colocar un conocimiento sobre un desconocimiento y no la figura del sabio sobre la del ignorante, que no hay nota ni título que pueda acreditar el ejercicio de la razón sobre sí misma, que incluso de haberlo no debería emplearse ni dársele valor y que el sentido original de la escuela (la scholé, el tiempo libre) era recreativo y no teleológico (en un sentido de mercado sobretodo). La mejor filosofía no pide permiso salvo a la razón y no está ni tiene por qué estar libre del sentimiento pero sin duda tiene que huir de la métrica, recordar su valor natural e indefectible y enseñar sin esperar ni evaluar el aprendizaje o la praxis inmediatas. El problema actual no es que la gente no piense sobre la realidad o no filosofe, si es que se puedan distinguir, sino que quienes lo hacen suelen parapetarse en el ego de saberse acreditado o de creerse acreditados y cuando quieres la razón no quieres la verdad y cuando no quieres la verdad no hay razón que ejercitar. El problema de la filosofía académica es opuesto pero igual, ha protegido ese ego, queriendo ser una más del ámbito escolar, desde el miedo y el complejo de inferioridad, demostrando su practicidad desde la necesidad patológica de hacerlo pero su auténtico valor requiere de enseñar por el placer de hacerlo, por la devoción a lo que se enseña y porque se sabe útil aunque no sé demuestre. Ninguna calamidad hay en el conocimiento humano mayor a la institucionalización de la filosofía que ha olvidado que el “sofía” es mejor con “filo”.
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