Del Onto al Telos
La política actual ha sufrido una devaluación múltiple, en su eficacia, en su legitimidad y en su dignidad pero quizá la más grande de las devaluaciones haya sido la de su fundamento filosófico. Ha pasado de basarse en la ontología a hacerlo en la teleología para adecuar su discurso al del mercado. Tres son los grandes males que este cambio fundacional ha traído: la reificación social, la deslegitimación de la clase política y la economización del ejercico político contemporáneo. La reificación social alude al cambio de comprensión de la naturaleza política de la masa gobernable de ser un elemento soberano a ser un engranaje o una materia prima que deba sufrir transformaciones para alcanzar su valor. podemos ver los efectos de esta reificación en la sanidad, por ejemplo, donde ya no se busca el qué necesitas para estar bien sino el qué necesitas para seguir adelante; el bienestar no tiene un fin más allá, es autotélico, y como tal es absolutamente inútil para una política teleologizada como la actual. también en el ámbito educativo se muestra una cambio de paradigma de cómo cultivar las mentes de los individuos a cómo actualizar el software de las máquinas biológicas del futuro con código útil para las demandas de estas nuevas políticas. quizá se siga dando importancia en el discurso político actual a la inversión en salud y educación pero el punto de fuga desde el que se pinta el lienzo político ya no es la superioridad moral de esos elementos como valores sino de esos ámbitos como puntos estratégicos. puede que pase bajo el radar al apelar a inversiones económicas en dichos aspectos de gobierno pero su importancia es abrumadora y muchos de los problemas que experimentan la sanidad y la educación son sin duda atribuibles a ese cambio de enfoque. eso nos lleva al siguiente punto: la economización de la política. Hoy en día los consejeros políticos son economistas o administrativos y el ejercicio político debe hacerse desde una hoja de Excel más que desde un documento de Word. el discurso ha olvidado (pero debe recuperar) la osadía política de defender un punto que no puedan justificar sólo con datos de estudios económicos (o incluso con ningún tipo de cuantificación en absoluto) y también la utilidad real de los valores que guiaban sus decisiones y estrategias. ya no se habla de dignidad ni de contribución al bien común, de comunidad ni de libertad sino más bien de presupuestos o liberación de oprimidos con el único fin de que puedan ser iguales a sus pares en utilidad, es evitar que unas herramientas rallen a otras para que duren más y hagan mejor su trabajo, no por el deseo natural de tener las cosas en su estado prístino.
El enfoque económico ni siquiera garantiza, como podría llevarnos a pensar el mito tecnocrático, que aunque empeore la situación social, legal, educativa o médica de la sociedad vaya a mejorar la laboral y económica porque. a parte de la desvinculación de los representantes políticos y sus representados, cosa de la que hablaré en el siguiente punto, la política es un acto que requiere de conocimientos multidisciplinares pero sobretodo de la capacidad de comunicarse de forma efectiva para lograr unos objetivos comunes. Si el ahorro del ministerio de sanidad trae el gasto del ministerio de trabajo, y sí estoy hablando en términos puramente económicos para desmontar la idea de que siquiera ese ámbito de la política quede cubierto por una administración ejercida por la oligarquía de economistas-políticos, el ministro de sanidad podría alegar haber hecho bien su trabajo y desviar la responsabilidad al ministro de trabajo pero el error sería de orden superior, de la administración que cree que cada apartado es individual y no cree en el fallo de un órgano producido por otro ni en las enfermedades autoinmunes ni recuerda que la metástasis no empieza en el último tejido dañado. el discurso además, también padece de una pobreza de sentido común, no entendido como esa especie de conocimiento innato que debe guiarnos para ser sensatos sino como la tenencia común de un sentido, una brújula comunitaria, una dirección pública. Esto afecta a esa economización porque lleva a intentar centrarse sólo en la administración de lo que hay y no en la construcción de lo que podría (y debería) haber. Es una muestra de que el paso del onto al telos dirige inevitablemente a centrar la atención en el corto plazo, la inmediatez, la emergencia y da, de hecho, una sensación generalizada de urgencia y peligro a la supervivencia porque habla de los porqués y los paraqués en lugar de hablar de los qués en sí mismos. cuando no nos centramos en el ser sino en su labor y camino, en su utilidad, la atmósfera social se satura de una carga de peligro inminente subrepticio, no hace falta verlo para saber que está ahí.
El tercer y último punto es la deslegitimación de la clase política. Muchas veces esta clase es condenada por corruptelas y robos y esto, aunque es un problema en sí mismo, obvia una enfermedad mayor en este colectivo: la separación de los representantes y los representados. Quizá su gran formación y alto enfoque económicos no sean en balde pero cuando su responsabilidad cívica flaquea esos conocimientos caen inevitablemente en un beneficio exclusivamente propio. Se han mostrado muy eficientes en su ejercicio de corrupción gracias a esta especialización económica. Esto de por sí es una muestra de esa separación con su electorado y muestra una ruptura con sus deberes políticos pero, y aunque asuste, no es el mayor problema de este enfoque en la utilidad pues con la utilidad y la labor viene la responsabilidad y aquí la osadía política (cuando el enfoque era ontológico) muta a una cobardía flagrante (cuando teleológico) que se manifiesta en dinámicas pueriles de recreo de instituto. Los representantes políticos parecen, al dar sus discursos y alegatos de sus políticas, chavales en una batalla de gallos donde tratan de dejar a la madre del rival a la altura del betún, y cuando se esfuerzan por ser elegidos delegados de clase lo hacen desde la soberbia y no desde el orgullo y desde la voluntad de abusar y no la de poder, en consecuencia van al poder a mandar y no a servir, la hegemonía y la soberanía se desliga del pueblo en el ejercicio político a la propia clase que, originalmente, servía bajo esa soberanía popular.
Otros efectos de esta deslegitimación (como digo derivada también del paso de la naturaleza ontológica a la teleológica en la práctica e incluso en la teoría políticas) son la puesta en práctica de aquellas medidas que puedan ser una representación del mérito (aquí vemos asomar la clara influencia meritocrática en este cambio de valores fundamentales) de los legisladores con independencia del beneficio de los representados. Por ejemplo: una medida cuyo beneficio pueda apreciarse sólo tras 5 o 10 años sería poco deseable para el político contemporáneo porque podría ser percibido su éxito como una muestra de la virtud de la siguiente candidatura. En la misma línea de manifestación de estos efectos vemos, ya no una radicalización, que también, en las ideologías presentes en el entorno político, pues una radicalización implicaría la desaparición de términos medios, o al menos no extremos, sino una centrifugación del espectro ideológico pues parece crearse un abismo que separa insalvablemente los dos brazos de la línea de representación ideológica, lo que redunda en la idea de que unos partidos respecto a otros se rigen por el “conmigo o contra mí”. Ambos efectos (la meritocracia política y la centrifugación del espectro, que responden a la naturaleza de enfoque exclusivamente práctico y utilitarista de la política actual) tienen una derivación común: las medidas que podrían ayudar a la ciudadanía y aumentar el bien común no son deseables per se sino porque son tantos que apuntarse y, consecuentemente, que negarle al rival. No se busca el bien si eso implique reconocer un éxito en los actos del contrincante en las urnas por lo que en lugar de remar juntos para anotar los máximos tantos posibles, manifestaciones del bienestar del pueblo al que dicen representar, se ejercita la defensa tanto como la ofensa, los “porteros” o “guardametas” políticos no buscan otra cosa que negar tantos al oponente lo que disminuye la cantidad de marcajes total, común a unos y otros, debido a la naturaleza dual de la política actual. Nótese que no es necesario el bipartidismo ni la radicalización que sólo permita el binarismo propio de los extremos últimos del espectro político sino la separación entre un lado y el otro, haciendo que el espectro no tenga como base idéntica a todas las ideologías el bienestar de la masa y por esto, precisamente por esto, se deslegitima la práctica política y se alejan los representantes de los representados a quienes no ven sino como un conjunto informe y, deseablemente, lo más homogéneo posible para servir de materia prima para el producto elaborado del que sacar una rentabilidad con esa transformación.
Un último apunte es que aunque no tiene por qué ser nacionalista, aunque el auge de nacionalismos y movimientos identitarios, directa o indirectamente políticos, de corte nacional nace de la misma necesidad; sí debe, para tener legitimidad política real, basarse la ideología y el enfoque que la practica en una realidad de la nación frente a las internaciones, en una idiosincrasia que la masa pueda sentir suya y por ende que le represente y la globalización ha hecho mucho en contra de esta realidad, creando un proyecto político tan amplio que nadie está realmente legitimado a representarlo y ponerlo en práctica salvo en algunas medidas como la desnuclearización de naciones que sí es de ámbito puramente internacional y no se entendería sólo desde la acción de una nación por y para sí misma.
Estos son, grosomodo, los pecados de la transición, o mejor corrimiento, por ser atropellado y, en cierto modo, inconsciente, de la ontología a la teleología como carácter fundacional filosófico de la política.
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